El arte de escucharse: de la linealidad a la circularidad
Actualizado: 1 mar
¿Escucharnos puede ser una herramienta para no sentirnos solos?
Una de las acepciones posibles de la palabra arte tiene que ver con aquello que surge desde el interior, no por su calidad expresiva o comunicacional, sino por su principal característica: ser un efecto creado por nosotros mismos. Es decir, un material abstracto (o no) que fue fabricado por un sujeto, un artesano. Como si la cerámica no fuera lo único valioso, sino las manos de esa persona que con su capacidad o intuición genera tal cosa. Entonces ponemos en relieve la calidad artesanal, como un hecho que requiere nuestro trabajo, nuestra dedicación, nuestra puesta en marcha y nuestra entrega a esa tarea.
Con escuchar sucede lo mismo: somos artesanos de un hecho valiosísimo en el desarrollo personal, que tiene un alcance que la mayoría de las veces no podemos imaginar… pero lo podemos suponer. Es el poder de la escucha lo que nos conecta con un otro y con El Mundo, en el acto primero de recibir y, quizás, hacer algo con eso después. Nuestro trabajo artesanal implica, entonces, movilizar todos los recursos y energías en esa acción de oír, de dejarse estimular. Constantemente escuchamos sonidos y melodías, ruidos, fonemas codificando palabras y otras estructuras sonoras. Nacemos y -quienes tenemos la privilegiada posibilidad de oír- comenzamos un intercambio casi constante que nos impregna de sensaciones, emociones e ideas también.
Sintonizar la antena
¿Y cómo nos ponemos el traje de artesanos de esa escucha (que casi sucede mágicamente) sin que hagamos nada? ¿Ya lo tenemos puesto y solo nos queda buscar la arcilla? Intuyo que no, que es necesaria -primero- una toma de conciencia del valor de la escucha y conectarla con nuestro valor como artistas-artesanos. La conexión de la habilidad con la intención. Me refiero a la acción de direccionar nuestra innata capacidad, orientándola a un objetivo específico y de esa manera establecer un foco que sintoniza con el ambiente. Así es como nos convertimos en generadores conscientes de una acción tan neurofisiológica como subjetiva: la organización del acto de escuchar. Un puente que une dos sistemas tan similares como opuestos: escuchadores y “lo escuchado”. Esa es, a mi entender, la cualidad que tenemos las personas de ser artesanos de la abstracción, artesanos del acto de escuchar. Una gran obra de arte, queridos oyentes creadores.
¿Qué sucede cuando la escucha toma una dirección opuesta a lo que venimos planteando?
¿Sería un error o una alternativa?
El mundo interno ∞
Aparece entonces una posibilidad que amplía la lista de objetivos, invade de inmensidad el campo de lo escuchable; pero también de no-materia, de imaginación y de incertidumbre. No habrá muchos otros sentidos que acompañen y refuercen - mediante la contrastación y correspondencia- una creación de sentido común. Hablamos, entonces, de dejar de escuchar El Mundo y atender a otro, el mundo interno. Con minúsculas pero infinito. Donde la relación de ese intercambio no es interno-externo, sino que ese foco específico deja de estar fuera y se configura dentro de nosotros. La escucha se construye metafóricamente como un círculo que nos envuelve y ya no es una flecha unidireccional que nos conecta con la otredad en el acto de recibir (la punta hacia nosotros). De la linealidad a la circularidad. Pasar de una sola dirección a un ciclo que nos incluye en ambos extremos, pero que están unidos, desdibujados. No hay inicio ni fin; hay constancia y, en todo caso, lo que hacemos es acercarnos o alejarnos de ese recorrido sin principios ni cierres. Escucharnos a nosotros mismos es un acto constante, un continuo que existe solo en el momento que le otorgamos consciencia creadora, artesanal. Una posibilidad -decía antes- que no nos deja a un costado en ningún momento y que nos necesita en cualquier instancia del ciclo. No en el inicio, no en el final, sino todo el tiempo.
¿La existencia definida por la experiencia?
¿Ese círculo interno de escucha dejaría de existir si nos alejamos demasiado de él, si le quitamos dirección, si no le brindamos consciencia? La respuesta posee la misma ambigüedad que la que propone ese reto filosófico de contestar si un árbol suena cuando cae en el medio del bosque sin que nadie esté allí presente para oírlo.
Me interesa pensar la idea de que si alineamos intención y habilidad con dirección (a nosotros mismos) llegamos a una experiencia personal y colectiva que no tiene vuelta atrás. Quizás se trate de volúmenes de sonido, pero el círculo está (y estará) allí presente envolviéndonos. Direccionar la atención a los sonidos internos, esos elementos que son constructos imaginarios a los que da forma nuestra conciencia. El árbol puede caer en soledad; la escucha, en cambio, se constituye cuando decidimos estar presentes.
Desde mi aspecto más personal (que podría no coincidir con el suyo): no, no deja de existir la escucha aunque el volumen esté en niveles imperceptibles. Es como cuando ya hemos sintonizado una frecuencia nueva en la radio. Aunque el selector no esté en esa frecuencia que una vez consideramos seguirá siempre disponible allí. No se elimina porque se grabó en la experiencia emocional y sensible. Ya conocimos lo que es sentirnos escuchados por nosotros mismos. Y esa escucha nos confronta con la idea de la responsabilidad sobre aquello que percibimos en nuestro interior.
En ese tránsito de navegación interna es donde nuestro arte/capacidad de oír(nos) se desarrolla sin exigencias ni saberes previos (recordemos la magia de la biología). Circula intuitivamente. Nuestra mente aloja toda la información que fuimos aprendiendo para decodificar aquellos estímulos del exterior y los guarda para construir nuestras narrativas internas. Es decir, nos hablamos en el idioma que conocemos; y por eso necesitamos de un código común para entendernos con el afuera y con el adentro. Lo cual nos favorece y nos propone una gran facilidad: para escucharnos solo basta con proponérnoslo. Ojalá no se lea simplista. El lenguaje, los sonidos y lo que escuchamos previamente ya lo conocemos, solo necesitamos reconocerlos dentro de nosotros y podremos dar sentido a tales narrativas.
¿Qué nos decimos? ¿Qué se oye en nuestro interior? ¿Me estoy diciendo algo?
Hablaba de facilidad no porque sea sencillo, sino porque es rápidamente accesible. La dificultad está en la sensatez con la que realicemos la tarea. La creación artesanal que más honestamente llevemos a cabo es la que nos devolverá una pieza única y preciosa, de esas que son invaluables en un museo que solo existe en nuestro interior.
Cuanto más sinceramente hagamos el ejercicio de escucharnos a nosotros mismos, más valioso será el significado de lo que podamos percibir; y entonces más constructivo será para nuestra autocomprensión como antesala de la transformación.
El valor al que me refiero es la conexión con el saber intuitivo, visceral, íntimo, profundo, secreto e infernal que tenemos todas las personas. Podríamos preguntarnos entonces por qué un individuo no sería honesto consigo mismo en una acción tan individual como personal. Posiblemente al haber contactado alguna vez con ese poder circundante de la escucha honesta comprendió la valentía que requiere asimilar ese contenido. La concientización de responsabilizarse de la existencia de tales materiales propios. Solemos alejarnos de los desafíos que asustan o que nos demandan un esfuerzo “innecesario”. ¿Logramos escapar de esa habilidad que alguna vez practicamos (oírnos)? ¿Somos capaces de olvidar esas palabras que hallamos tan nuestras? Me parece que -en todo caso- con la adultez y las experiencias que vamos viviendo aprendemos simplemente a regular el volumen.
No quisiera cerrar esta reflexión con una connotación tensa sobre la (auto)escucha, como si exigiera rigidez o responsabilidad excesiva. La circularidad de la escucha interna es la herramienta más poderosa e inagotable que tenemos las personas para desarrollar un autoconocimiento que nos enfoque en un proceso de desarrollo personal. Es la herramienta fundamental de contacto con nosotros mismos basado en la honestidad para el reconocimiento de emociones, ideas, y sentimientos que describen nuestro estado interno.
Cuando emprendemos un camino de evolución en busca de transformación, necesitamos de la autenticidad para que nos llene de círculos y puentes como recorridos de búsqueda, y no flechas que nos alejen del centro-ser. Sin filos que corten ni puntas que lastimen, sino con la caricia de un roce que no termina y nos recuerda que no estamos solos: nos acompañamos a nosotros mismos.

“La inspiración existe, pero tiene que encontrarte
trabajando y escuchándote a ti mismo.”
Pablo Picasso
El arte de escucharse: de la linealidad a la circularidad.




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