El valor del ocio: del no hacer “nada” a la presencia observada
Muchas veces pensar que “se nos pasó el día sin hacer nada” o que no cumplimos con las tareas previstas nos genera emociones e ideas que terminan en juicios severos hacia nosotros mismos. No consideramos si esa lista de cosas a resolver es algo alcanzable o si se ajusta a exigencias por encima de nuestras posibilidades. Debemos cumplir con lo planificado y acatar lo solicitado, así debe ser.
También puede suceder que no tenemos la disponibilidad física, mental o emocional para accionar en relación a esa demanda. Esto nos muestra que a pesar de nuestra intención, hay variables internas y externas que ejercen la fuerza opuesta al objetivo exigido. Dicha intención podría no ser suficiente, y el deber gana aún más sentido: una obligación que oprime nuestro deseo, disposición o intuición. Muy probablemente volvamos a creer que es nuestra culpa o incapacidad la que hizo que fracase la tarea. ¿Siempre será así por nuestra performance solamente, o habrá casos en los que el planteo en sí mismo ya estaba dirigido a su fracaso?

Hay ocasiones en que elegimos dedicar tiempo a otras actividades -“no hacer nada”, hobbies o planes improvisados- evitando aquellas tareas que se nos solicitan. A estas nuevas actividades solemos percibirlas como negativas por considerarlas distractoras o aparentemente innecesarias, simplemente porque no están en nuestra lista de obligaciones. ¿Y si, en realidad, fueran necesarias?
En dirección al oasis
Tanto hincapié en lo que hay que hacer, y además con el hábito de restarle importancia a lo que refiere a la responsabilidad de nuestro bienestar, conlleva a que nos alejemos de los momentos de pausa y reencuentro con nosotros mismos. Momentos que -en su esencia- tienen la facultad de ser restaurativos, calmantes y orientadores. Como si fueran oasis en un desierto de responsabilidades y obligaciones, los momentos de ocio tienen su funcionalidad y beneficios:
alivianar las tensiones reconocidas y las que no
otorgarnos descansos físicos y mentales (menos rumiación)
distraernos de preocupaciones facilitando el tránsito de otras emociones
habilitar una escucha íntima, fundamental para la honestidad personal
observar el estado de nuestro cuerpo y sus posibles síntomas
favorecer las relaciones sociales y promover la comunicación interpersonal
permitir la reflexión y descubrimiento de otros sentidos a los establecidos/conocidos
estimular la producción de serotonina en nuestro cerebro
La serotonina, químico mensajero de la calma, regula nuestro estado de ánimo, sueño y bienestar. Es la responsable de que nos sintamos en equilibrio, satisfechos y emocionalmente estables en el día a día.
Nuestro cometido es que esos oasis no sean simples espejismos, ni puntos aislados a los que llegamos de manera caótica o casual. La aventura consiste en no percibir esos resguardos como objetivos inalcanzables a perseguir. El ocio se construye.
Reconocimientos que aportan valor
¿Cómo damos valor al ocio en un mundo que constantemente nos exige productividad y juzga aquellas acciones que no tienen una clara funcionalidad conmensurable?
Desde una mirada organizativa, reconocer la necesidad de un cambio en la dinámica cotidiana permite generar espacios nuevos. Estos, entendidos en todas sus acepciones: físicos, temporales, conceptuales y, también, en sentido literal, como distancia entre dos puntos o entre dos objetos. Esa perspectiva flexible de lo instaurado ayuda a brindarle gradualmente importancia a lo que está por fuera de la obligación. Es decir, la reorganización temporal de la rutina implica que establezcamos ese nuevo intervalo porque consideramos relevante lo que sucederá en él. Y aunque no lo sepamos con certeza, sentimos que algo de eso nos resulta atractivo.
Descubrimos que si necesitamos definir un momento específico es porque algún sentido o búsqueda nos motiva. Algo ocurrirá porque estamos predispuestos y observantes de que eso pase. Se consolida, entonces, un elemento importante del proceso: la apertura a la experiencia y entregarnos a la vivencia del presente comandados por el deseo personal.
Ese podría ser un camino posible para (re)valorizar momentos y experiencias que irán conformando nuestro universo ocioso, y que no dependen de indicadores externos. Los propios valores son los que emergen en contenidos y formas gracias al escenario planteado.
El mero hecho de generar un momento dentro de otros momentos pone nuestra atención en algo por fuera de la matriz productiva instaurada, y nos abre el camino a otros tipos de productividad, centrada en la experiencia individual, las emociones y el desarrollo personal.
Otra mirada posible es reconocernos como sujetos que no siempre rendimos aquello que la sociedad actual demanda. Hay momentos personales en los que la productividad deja de ser tangible, funcional o medible para el afuera y ya no responde a los cánones preestablecidos y supuestamente exitosos. Generamos contenidos subjetivos (sensaciones, emociones, ideas, sentimientos) que tienen gran potencia dentro de nosotros y que -quizás- se observan distinto desde fuera. Considero que si nos permitimos no ser lo que se espera de nosotros y dejar de perseguir el cumplimiento de pedidos a veces imposibles de lograr, estamos dándonos la posibilidad de desarrollar muchos otros potenciales propios, ilimitados y altamente fructíferos. Entonces, se requiere de la flexibilidad, no de la rutina como era el caso anterior, sino de nosotros como agentes de nuestra propia vida; que quizás no sea tanto como otros esperan, sino como queremos y sentimos que sea.

¿Estamos dispuestos a no ser quienes quieren que seamos?
Balizas emocionales
Cuando llegamos a esos momentos de tensión evidente nos permitimos disminuir la velocidad de ejecución y -en el mejor de los casos- parar la marcha. Un cambio de ritmo que trae nuevas miradas. El paisaje deja de ser una imagen movida por la constante aceleración y frenético desempeño para transformarse en fotografías con más detalles y, sobre todo, más disfrutables. Y allí estamos observando y observándonos en un único acto de presencia consciente. Entonces empezamos a contactar con la responsabilidad personal en ese reconocimiento del ser y sus dimensiones. La propia responsabilidad en la que el objeto de la misma es nuestro autocuidado y su consecuente bienestar.
Pero volvamos a las alarmas: luces rojas que se prenden y pueden hasta cegarnos. Seguramente no pudimos darnos cuenta de los numerosos intentos previos donde fuimos invitados a registrar y ocuparnos de nosotros. Cuanto más tiempo ignoramos las alertas, más emergencia, y cuanta más emergencia, más abrumadora es la llamada de atención. El objetivo siempre será poner un foco de observación más introspectivo que externo. Una línea ascendente de tensión, un reactor ruidoso, balizas emocionales. Alertas que -si las resignificamos- dejan de ser tan molestas y nos acercan la paz (una paradoja inesperada) siempre y cuando nos escuchemos comprometidamente.
La paz (el descanso, el ritmo propio, el equilibrio, la armonía) será consecuencia de una congruencia experimentada entre nuestro sentir y accionar, por habernos hecho eco de las advertencias. Si las necesidades son atendidas, la tensión interna disminuye y para eso son necesarios los espacios creados entre las obligaciones que mencioné anteriormente. No es un cambio instantáneo ni veloz, requiere de la comprensión y correspondencia de nuestro accionar como eje fundamental para transitar las situaciones cotidianas y extraordinarias. El ocio deja de tener la connotación peyorativa que suele tener adjudicado, para ser la plataforma vivencial posible donde el ser prioriza su subjetividad.
¿Un privilegio sociocultural?
Cada persona tiene el desafío de encontrar, establecer y experimentar su recreación en el contexto social que lo rodea. Desafío no como obligación, como posibilidad, sino estaríamos reemplazando una obligación por otra. Sería ingenuo no advertir que cada individuo dependerá del status quo familiar, de la posición socioeconómica, de la historia de vida, de los círculos sociales, del contexto nacional/regional/continental donde se encuentre. La noción de ocio no es la misma en un país que en otro porque las posibilidades estructurales son diferentes, cambian los recursos y los accesos a ellos.
Esto no quiere decir que el ocio sea un privilegio de algunos y no de otros. Quiero intentar comunicar con claridad que si bien el ambiente condiciona (en muchos casos casi al máximo) siempre tendremos la posibilidad de reconocer el bienestar prescindiendo de lo material o de situaciones o de espacios determinados. Por eso lo proponía anteriormente como una actitud desafiante de construcción a la que todas las personas nos vemos invitadas. Propongo pensar al ocio como un modo de transitar momentos de la vida con sus características cambiantes y no como un bien. Esta mirada quizás nos permita acceder a él según nuestras ganas, disposición y posibilidades sin depender de privilegios o de la equidad.
No es motivo de este apartado profundizar sobre las diferencias sociales, económicas y los consecuentes privilegios y desigualdades que las sociedades actuales experimentan en una creciente polarización mundial. Considero, sin embargo, que pensarnos como sujetos sociales con atención al contexto que nos toca vivir nos da un marco donde ubicar, encontrar o construir el ocio. Ese marco orienta, pero no determina: la búsqueda no es que el ambiente lo defina y, mucho menos, lo condicione por completo.
El ocio no es un lujo, es un acto consciente de presencia y autocuidado.
Lo público en casa, un gran negocio
En conexión con nuestra sabiduría emocional necesitamos momentos deliberados de disfrute, los elijamos o no. En la antigua Roma entendían que el otium (latín, ocio) era el tiempo libre, el descanso, el momento de salir de la actividad pública. Me resulta interesante señalar que muchas veces trasladamos la actividad pública al ámbito personal aunque no haya exposición o compañía alguna. La exigencia adherida al desarrollo de nuestro ser público/social continúa demandando pensamientos y conductas aun en el estado más solitario posible. La configuración interna que hacemos de lo público va más allá de la conexión presencial y puede seguir condicionando o bloqueando la relación necesaria con el ocio. Es decir, interfiere con ese otro aspecto de nuestro ser que no se despliega desde la esfera pública y la identificación con los demás: un ser que a pesar de haber internalizado la negación del ocio (negotium, negocio, latín), se permite ejercerlo.
La habilitación personal para ese descanso es impulsada por el cansancio y el estrés a través de distintos mecanismos que pueden resultar más o menos molestos. Me refiero a que la demanda de continuar con las exigencias (y auto exigencias) puede ser tan estricta que las alarmas orgánicas y psíquicas se encienden con la suficiente intensidad como para captar nuestra atención. O, al menos, lo intentarán cada vez con más ímpetu, porque hasta ese preciso momento dicha atención fue difícil de convocar.
Un ritmo de vida ajetreado, el estrés de la premura de la agenda, rutinas ideales y poco probables, poca o nula distribución de espacios recreativos entre actividades laborales y profesionales, foco en las necesidades ajenas con la subestimación de las propias, síntomas orgánicos disfuncionales naturalizados de tal manera que no se perciben o se justifican, emocionalidad reprimida, pensamientos de sobreexigencia, incompatibilidad de planificaciones tempo-espaciales, etc., son algunos ejemplos de los agentes que provocan que un sujeto está cada vez más cerca del colapso que de la eficacia. Y este es el gran neg-ocio por definición, un negocio que se hace de no ocuparse del ocio, trasladando la actividad pública y las exigencias sociales al ámbito personal, en detrimento del autocuidado y del bienestar individual.
Pero si lo consideramos en términos de productividad cada quien sabrá cómo se administran y gozan los balances positivos, las ganancias y los beneficios. Vivimos en un sistema de organización social que generalmente garantiza los intereses corporativos, gubernamentales y elitistas ante los personales. Una interpretación de lo colectivo como anulación de lo individual para asegurar la tracción de los grupos por sobre el beneficio particular. La consciencia sobre el autocuidado se vuelve primordial para encontrar una funcionalidad saludable desde una perspectiva personal que no pierde de vista la dimensión grupal, dentro de una cosmovisión social que nos atraviesa.
¿Con que medimos el tiempo?
Nos sucede muchas veces que de acuerdo a la cantidad de objetivos logrados en un día sentimos que el mismo valió la pena o no. Que todo el esfuerzo tuvo sentido al recapitular los logros obtenidos. En esos días de tanto movimiento establecemos una relación directa de nuestra productividad con el tiempo: si hicimos mucho “pasó todo tan rápido que no nos dimos cuenta”, pero si hicimos poco “el tiempo no pasa más”. En función de nuestros resultados y del nivel de ocupación o distracción, varía nuestra percepción del tiempo. ¿Qué sucede entonces con el tiempo del ocio? Si el tiempo, tal como lo experimentamos, es una construcción que usamos para medir los hechos, ¿cómo medimos el disfrute del ocio?
Tal vez el ocio no se mida en resultados, sino en presencia. No en cantidad de acciones, sino en calidad de experiencia. Quizás el tiempo del ocio no se acelera ni se detiene: simplemente se habita. Abandonamos la idea de que “no hacemos nada” y empezamos a habitar el autocuidado en encuentros personales de bienestar, una alternativa a las obligaciones y responsabilidades que en muchas ocasiones desestiman nuestro ser. En esos casos no se considera lo personal y se prioriza el resultado obtenido. Si bien en diversos contextos esos logros o procesos tienen gran valor, en materia de subjetividad no será del todo beneficioso si nos alejan de nuestro ser.
Así llegamos a un tránsito posible, que desde la resignificación nos invita a la consciencia: darle un nuevo significado a la idea del ocio entendida como “no hacer nada” comprendiendo que, en ese tránsito, hacemos mucho a través de la intención, la experiencia y la reflexión de lo vivido.
Todo este accionar interno despierta un modo de vivir el ocio mediante una observación sensible y activa de nosotros mismos, y así pasamos de la aparente nada a la presencia observada, porque nunca dejamos de estar allí.

El valor del ocio: de no hacer "nada" a la presencia observada.




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